Aureliano Carvajal
No estoy para contarlo y sin embargo...
Lo sé. Lo admito,
que he tenido a tantas nubes
y ahora me han cansado:
Soy joven bien dirán las aludidas
pero algo en mi relámpago sorprende,
y no dudo, mis cálculos no fallan,
que alguna o más bien todas,
hinchadas celebrando humedecidas
dejaran caer acaso algún diluvio mitológico,
diciendo:
“fui suya,
este chubasco es apenas
un eco de la Fiesta”.
Pero lo digo, lectores, lo confieso
que ninguna nube ahora me sorprende;
de las nubes nevadas me he cansado y
de las nubes de polvo que en la tierra descansan y
de las nubes de lana que duermen entre borregos y
de las nubes que pican el pie de los paracaidístas y
de las nubes floridas que ofrecen cúmulos a mi ventana y
de las nubes, incluso de las nubes cubanas que le bailan a Guillén.
En todo caso
tendría que serle fiel, debo entenderlo,
a una nube distinta a las demás;
pero ¿cómo saberlo?
¿cuál de todas estas tantas nubes
habría de ser la más nube de todas las nubes?